Primero vinieron los golpes suaves: “¿Mamá?”, preguntó la niña, con la voz tambaleante. Nadie contestó. Al acercarse, vieron la boca del tambor entreabierta y, con horror y incredulidad, la mano de su madre asomando, enredada entre camisetas. Un intento de rescate apresurado —empujones, tirar de la ropa— no bastó: la forma del cuerpo se había acomodado en el hueco como si la máquina la invitara a quedarse.